
Para Abel Z.
Tallada en el temblor de la madera
la quijada sinuosa
con las crines
pintadas de colores imposibles.
Sus giros repetidos
trazarán el carrousel, al fin de un día.
Te tengo y te me vas, mano extendida
al vacío que está detrás del niño
que no pudiste ser,
una vuelta sobre alas transparentes
se encadena
a ese giro retórico invencible.
El misterio es entorno, la espera forma círculos
entre jazmines que huyen a la vera del tren,
cada verano.
Desde entonces contemplo tus clarísimos ojos
reflejando una luna repetida,
porque detrás de todo hay un declive,
un sonido de tren,
una hierba que cede bajo unos pies pequeños
un acto, un sólo acto que aniquila.
Por deslizarse así darían lo que nunca han alcanzado
-habrían dado ya-
¿pero quién lo logró, excepto los que andábamos?
era un accidente del terreno
una curva escondida hacia el recuerdo intacto del futuro
porque todo, detrás
porque todo, después
la repentina ráfaga de luz, o el
giro al revés,
sólo ocultan la idea de un declive.
Tallada en el temblor de la madera
la quijada sinuosa
con las crines
pintadas de colores imposibles.
Sus giros repetidos
trazarán el carrousel, al fin de un día.
Te tengo y te me vas, mano extendida
al vacío que está detrás del niño
que no pudiste ser,
una vuelta sobre alas transparentes
se encadena
a ese giro retórico invencible.
El misterio es entorno, la espera forma círculos
entre jazmines que huyen a la vera del tren,
cada verano.
Desde entonces contemplo tus clarísimos ojos
reflejando una luna repetida,
porque detrás de todo hay un declive,
un sonido de tren,
una hierba que cede bajo unos pies pequeños
un acto, un sólo acto que aniquila.
Por deslizarse así darían lo que nunca han alcanzado
-habrían dado ya-
¿pero quién lo logró, excepto los que andábamos?
era un accidente del terreno
una curva escondida hacia el recuerdo intacto del futuro
porque todo, detrás
porque todo, después
la repentina ráfaga de luz, o el
giro al revés,
sólo ocultan la idea de un declive.




